miércoles, 20 de agosto de 2014

La canción

Era de noche. Yo estaba solo, de acampada. Había decidido pasar unos días alejado de todo. Las estrellas brillaban, y yo me entretenía buscando las constelaciones; Tauro, la Osa Menor, Orión...

Era el 15 de Noviembre de 2034. Veinte años atrás, más o menos, había decidido vivir en una pequeña ciudad del norte, llamada Valles del Atardecer. Un día desperté con unos deseos tremendos de alejarme, de estar unos días fuera de la gran ciudad, fuera de ese mundo que no me encajaba, así que preparé mi mochila y aceleré mis pies.

Llevaba ya unos cuatro días de acampada, y ese día, por la mañana, decidí desvelarme. Recogí leña seca, un gran montón, y me preparé para pasar la noche despierto.

Cuando ya la fogata eran solo unas brasas, y ya no me sentía con ánimos de alimentarla, empecé a escuchar...

Y, muy poco a poco, lentamente, empecé a escuchar una canción, que según recuerdo, decía así:

El viento soplaba,
lejos, cada vez más lejos,
hacia el Oeste, hacia el hogar

En una cueva, 
solo y olvidado
estaba un hombre,
quien veía el viento pasar,
hacía el Oeste, hacia el hogar.

Entonces decidió cambiar su suerte,
empacó sus posesiones,
se puso las botas,
y partió,
siguiendo el viento.
hacia el Oeste, hacia el hogar.

Yo escuchaba la canción, y poco a poco, noté que un deseo de volver, de volver a la ciudad en la que veinte años atrás había vivido, y las lagrimas empezaron a caer por mis mejillas. Sin que yo lo notara, la canción se interrumpió súbitamente.

-¿Qué pasa? ¿Porqué lloras?- dijo una voz a mis espaldas.


Miré a mi alrededor, y la volví a ver.
La diosa errante.
Y entonces me dí cuenta que ya no quería estar solo.

Una mujer, he de suponer de mi edad, pero no puedo decirlo, porque para ella el tiempo es diferente.

Tenía el pelo rubio. Y los ojos del color del cielo. Lo recuerdo porque en ellos vi reflejado el Universo.
Llevaba puesta la misma extraña mezcla de traje de boda y armadura, de un azul intenso. No chillón, sino un azul agradable para la vista.

Se sentó a mi lado y me miró a los ojos.

-No he venido hasta aquí sólo para hacerte llorar, ¿sabes?
Supongo que, al ser la segunda vez que la veía, no sentía el cuerpo como recubierto de miel, así que superé mi sorpresa y le dije:
-Así que aquí estás otra vez. Justo cuando menos lo espero, como hace veinte años.
Puso cara de sorpresa.
-¿Te acuerdas? No lo esperaba.
-¿Como no me iba a acordar? Me cambiaste completamente.
Poco a poco empecé a notar el hechizo de sus ojos azules, y mi mente se fue llenando de una emoción desconocida hasta ese momento...
-Al final nunca supe si mi flor de tiempo te gustó.
-Me encantó. Hasta hoy la siento aquí, por alguna parte- dije señalándome el pecho.
Ella se rió, con una risa suave que me llenó de alegría, y que me hizo reír a mí también.
De pronto se puso seria y miró hacia las brasas de la fogata.
-Es curioso, ¿sabes? Los que son como yo pronto olvidan a las personas, porque conocen a muchas otras y no pueden recordar a nadie en particular, pero yo siempre te recordé como a una brillante luz en mi memoria.
Noté que temblaba de frío, y casi sin pensar, avivé un poco la hoguera, y la abracé para darle calor. Noté que se tensaba como un resorte, pero rápidamente se relajó y se dejó abrazar.
-Esta vez no tienes por qué irte, ¿sabes?- le dije.
No pude verlo bien, pero me pareció que me sonreía.
Noté que se quedaba dormida, y yo me quedé allí, muy quieto para no despertarla, hasta que yo caí dormido también.
Cuando desperté, bien entrada la mañana, estaba solo.

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