domingo, 24 de agosto de 2014

El sonido

Volvía a ser de noche. Las estrellas brillaban con fuerza, reflejándose en lo ojos de quien las miraba.
Los árboles susurraban extrañas y antiguas historias movidos por la ligera brisa que lo movía suavemente de un lado para otro. El pelo de una persona allí de pie también se movía junto con la brisa.

Sus ojos eran de un vibrante azul oscuro. Su cara era redondeada, y a pesar de la juventud que delataba, marcada con marcas, marcas de furia, de amor, de traición, y  de felicidad. Estas marcas no eran visibles. A primera vista, no se notaban. Si pasabas una hora mirando, quizá empezaras a notarlas en el matiz de lo ojos que miraban el cielo y el la curva de la nariz de esa persona.

Según le habían dicho, se llamaba Kotori. Pero no se sentía así, sentía que su nombre era otro, pero estaba en un lugar demasiado profundo y oculto para encontrarlo. Era una persona sin nombre.

Había muchos sonidos en el ambiente. Algunos eran perceptibles, como el susurro del viento, el crujido de los árboles cuando se balanceaban, o el suave cantar de un riachuelo que por allí pasaba.
Pero había otros sonidos no tan claros. El susurro del frotar de la ropa de la persona que estaba de pie. El suave crujido de la tierra debajo de sus pies. El pequeño contrapunto que colocaba su respiración. El sonido que hacía la hierba cuando crecía. Pero había unos sonidos mucho más profundos. Si pasaras días escuchando, poniendo toda tu atención, quizá empezaras a notarlo en la vieja corteza de los árboles que crujían bajo la luz de la luna, o en las manos de aquella persona. Estaba también en la dolorida piedra que notaba el refrescante contacto del agua sobre ella. Estaba también en los tendones de esa persona, que se quejaban por estarla sosteniendo mucho rato. Quizá incluso pudieras notarlo en el suave latido de ese corazón.

El sonido de la persona que espera algo, pero no sabe el qué, ni donde buscarlo.

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