lunes, 25 de agosto de 2014

El juicio

Era un día de expectación en la Corte de Espíritus: los más de quinientos espíritus allí reunidos murmuraban y comentaban en voz baja los últimos hechos; según parecía, uno de los consejeros del Rey había sido demostrado culpable: era un espía de los Demonios. Todos sabían que lo que ocurriera allí en las próximas horas decidiría el curso de la guerra, y por tanto, el destino del mundo.

Los últimos en entrar fueron los jueces, el Consejo de los Seis, como algunos lo llamaban. Eran un grupo de espíritus, tres hombres, y tres mujeres.
El Juez, como muchos llamaban al más grande de los Seis, era un espíritu alto, ancho de espaldas, y fuerte. Llevaba el pelo castaño largo hasta los hombros, y siempre llevaba una máscara de plata celeste pulida. Nadie sabía ni su nombre ni cómo era su cara, así que lo llamaban "el Juez" o "Su excelencia".
El segundo de los jueces hombres era un espíritu anciano, de más de diez mil años estelares, llamado Ha, que andaba encorvado, y que llevaba una larga barba que solía pisarse cuando caminaba ayudado por su bastón.
La primera de las mujeres era una espíritu "en la flor de la vida" como algunos decían. Se llamaba Sera. Era una mujer, atractiva, redondeada, que exhibía una melena rubia hasta la cintura, pero conocida por su excesiva timidez, que hacía que se pusiera roja como un tomate al recibir un simple cumplido.
La segunda de las mujeres que componía a "las Jueces"  era una mujer que solía andar envuelta en un hábito de la ocultaba casi completamente, y llevaba el pelo negro hasta los hombros, cortado de una manera muy estricta. Tenía fama de inflexible y imparcial, y de ser una gran juez, que no se dejaba llevar por sobornos o sentimientos. Se llamaba a si misma Hevra.
La tercera y última de las mujeres que formaban el lado femenino del consejo era una mujer extraña, que solía hablar sola. A pesar de ser joven (solo tenía unos trescientos años estelares), llevaba una melena blanca hasta el suelo, y llevaba una gafas que, según algunos, le permitían ver lo que sucedía en muchos lugares al vez, aunque con algunos minutos de retraso. Según los registros, se llamaba Elaina.
El último de los miembros del jurado, un espíritu de no más de cincuenta años estelares, llamado Hezan, era conocido por el pelo negro desgreñado que nunca se peinaba y su excentricidad. Solía comer dulces a toda hora, incluso cuando hablaba con alguien, pero aun así nunca engordaba. También solía andar informal en todas las ocasiones, con unos pantalones holgados y una camiseta blanca. Nunca llevaba zapatos.

Ese día, los Seis estaban allí reunidos, en sus sillones de respaldo alto, y vestidos con la  ropa formal que requería la situación, menos Hezan, claro.
El Juez tocó la campanilla de plata para reclamar silencio. La multitud allí reunida se calló casi al instante, y el juez anunció, con voz potente:

-¡Que pase el acusado!

Ya entraba, por la puerta principal y flanqueado por dos guardias, un espíritu de aspecto cansado, que llevaba la cabeza gacha, de modo que no se le veía la cara.
-¡Se da inicio al juzgado! El acusado, espíritu Nº694832, llamado Angvaroth, acusado, ya ha sido declarado culpable, y esta junta es sólo para dictar sentencia. ¿Tiene algo que decir en su defensa?
Con la cabeza gacha, el acusado habló.
-No tengo qué decir, y aunque lo tuviera, no me defendería. Sí, soy culpable, pero me alegro de serlo- Y levantó súbitamente la cabeza, esbozando una sonrisa terrible. Y muchos espíritus se quedaron mudos. Angvaroth tenía unos colmillos largos, como de serpiente, y la cara llena de escamas. Sus ojos ardían con una luz roja, que le iluminaba la cara- ¡Y nunca trataría de que no me llamaran espía de los Demonios! ¡Pues ya soy más demonio que espíritu, y me encanta!- Y se rió con una carcajada aguda y reverberante que causó escalofríos a la mayoría de los presentes.
El Juez ni se inmutó.
-Bien, entonces. Manténgase en silencio mientras declaramos nuestras opiniones. Empezaré yo.
El Juez fue directo, y al grano. Creía que lo mejor era matarlo y acabar con el asunto.
Ha lo fue menos. Habló por al menos diez minutos, desviándose y llendose por las ramas, hasta que le pidieron que fuera al grano, tras lo cuál declaró que se tenía que desterrarlo al Vacío y acabar con el asunto.
A partir de allí las declaraciones fueron rápidas: Sera opinaba por el destierro, Hevra por la muerte, y Elaina por el encarcelamiento.
Cuando llegó el turno de Hezan (el suyo era el voto decisivo), no dijo nada. Sólo se quedó mirando fijamente a Angvaroth, concentrándose mucho en su cara. Entrecerró un poco los ojos, y de pronto, el rostro de Angvaroth adquirió una expresión de paz. Sus ojos se cerraron, y soltando un largo suspiro, murió.

La sala quedó en silencio, y todos los presentes se preguntaron qué había pasado.

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