domingo, 7 de septiembre de 2014

El hombre

Dos hombres armados caminaban hacia el templo. En aquel sagrario de redención y pacifismo, su presencia destacaba como la de un lobo en un gallinero. Sus pies, sucios, mancillaban el suelo que el delirio había hecho sagrado.

Al llegar a la puerta del templo, los hombres, al parecer borrachos, pegaron el grito:

-¡Monjes cobardes! ¡Salid de vuestro templito y pelead con nosotros!- Gritó uno.
-¡Si, que veamos si se merecen los impuestos que reciben y ese templo que tienen!- dijo el otro.

La gigantesca puerta del templo se abrió lentamente. Un hombre encapuchado salió al exterior. 

El hombre caminaba con ligereza, con la espalda recta, sin dar ninguna seña de temor o desdén. Caminaba expresando seguridad absoluta en si mismo, pero no menospreciaba a sus rivales.

A unos diez pasos de los borrachos, se detuvo. Se quedó allí de pie, con expresión desafiante, esperando que sus rivales atacaran primero.

De pronto, la presencia de aquel hombre pus serios a los bandidos. Sin burlarse ni reírse, desenvainaron sus armas; una lanza de punta larga y con filo, y una pequeña maza de una mano. 

El los bandidos parpadearon, preparándose para le refriega...
... y miraron fijamente al aire, puesto que el hombre encapuchado no estaba allí. Apareció detrás  de los bandidos, y los golpeó con tanta fuerza que quedaron inconscientes al instante.

El hombre miró hacia arriba, y una ligera brisa le quitó la capucha, revelando unos ojos negros y profundos, y un pelo lacio y negro que le llegaba a los hombros.

El hombre desapareció como una nube de humo, mientras un grito de ira resonaba en el silencio.

Se hizo la calma. Amanecía.

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