lunes, 22 de septiembre de 2014

El viejo Nil. Introducción.

Una ligero tensión pesaba en el aire, una fresca mañana de verano, en un descampado a las afueras de la ciudad de Valladolid.

En aquel lugar, no lejos de una pequeña villa llamada Santa Cruz, existía un largo y serpenteante riachuelo, en el cual muchos animales acudían a beber. A los costados de este, crecían arbustos de bayas y fresas silvestres,  que alimentaban a muchos animales y personas que alguna vez pasaban por allí.

En este tranquilo rincón, lejos de las dulces, pero escandalosas voces de los niños que jugaban al pilla-pilla en una parcela, vivía un viejo ermitaño que en otro tiempo le habían llamado el Viejo Nil.

Nil era, a simple vista, un anciano de barba azul, sin pelo en la cabeza, vestido con una vieja túnica de gala, que caminaba apoyándose en un bastón de madera retorcida.

Nil vivía en una pequeña casa de madera, construida por él cuando era más joven, que llegaba incluso a tener un pequeño sótano donde Nil dormía.

Nil vivía en una profunda conexión con la naturaleza. Sabía ver, aquí y allá, a los grandes espíritus de los animales. La Gacela, el Oso, el Jabalí...

Muchos pensaban que el viejo Nil estaba loco, pero no era así. El tenía un conocimiento profundo de los cimientos del mundo, pero no los usaba en propio beneficio, sino únicamente con y para los demás.

Esta es la historia de Nil, y de una pequeña sombra llamada Faz, y de las aventuras que vivieron, juntos y separados.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Scout

Era de noche. En el campamento reinaba el sonido, un sonido compuesto por muchos ruidos que se entrelazaban entre sí como una amalgama.

La primera capa de sonidos era fácil reconocerla. El sonido del viento entre los árboles, o el suave ruido del frote de las manos de un tropero que se calentaba con las brasas de un fogón hacía tiempo apagado. El suave crujido de los pies de un zorro que correteaba por la maleza. El rechinar de un portón que se balanceaba con el viento, y los ronquidos que resonaban dentro de una tienda de campaña. Esta capa de sonidos era familiar, y era ancha y ligera como la llegada de un viejo amigo.

La segunda era más complicada de reconocer. Si pasabas mucho rato escuchando, quizá empezaras a notarlo en las pisadas de los tres guardias que daban vueltas por el sitio. Estaba en el resentido cáñamo que sujetaba los piquetes de una carpa mal tensada. Estaba, enlazada como una amistad, en la tos ligera que sufría uno de los Toquis, resfriado. Podías, tal vez, escucharla en las vueltas que se daba otro tropero que, enfadado porque no lo tomaban en serio, había decidido dormir fuera de su tienda de campaña. Era una capa incómoda y tenebrosa, e, incluso sin palabras, incitaba a la rabia.

La tercera era la capa más profunda de todas. Era la más grade de las tres, y envolvía a las otras dos. Era ancha y profunda como la puerta del sueño. Era pesada como una manta empapada. Era ligera como un suspiro. Era significativa como el grito de dolor de un hombre que se rompe un hueso.

Esta capa estaba compuesta por los sonidos más profundos del ambiente. Sonidos como las historias que se susurraban entre sí los báculos de la patrullas, recubiertos de piel. Las historias que se podían leer en un viejo libro encuadernado en cuero. El quejido de un trozo de tela de tres colores, con forma triangular enrollado sobre si mismo unas treinta veces. Estaba en las mentes de tres hombres que caminaban por ahí, envueltos en telas. Estaba en los ojos, amarillos y verdes, de un tercer tropero que estaba allí, de pie bajo de la luna.

El tropero tenía el pelo negro como el carbón. Llevaba unos zapatos de montaña, y de su cintura colgaba un trozo de tela amarillo y negro. En su bolsillo había un reloj y un trozo de papel con unos nombres escritos. En su mano reposaba una linterna, hacía mucho tiempo apagada.

En su ser se concentraban muchas vidas, vidas de lujuria y alegría, y vidas de pena y masacre. Él era el dueño de la tercera capa de sonidos, y así debía de ser, pues el silencio que se escondía en su cuerpo era un silencio especial. Era un silencio profundo como el de un vaso roto. Era un sonido enorme como el de un golpe. Era un silencio que compartía con todos sus compañeros, sin importar raza, color de piel, gustos, nacionalidad, o idioma natal.

El silencio de un scout.




miércoles, 10 de septiembre de 2014

Con respecto a "Táborlin el Grande"...

Con respecto a la historia "Táborlin el Grande", tengo que decir un par de cosas...

El personaje Táborlin el Grande es un personaje inventado por Patrick Rothfuss en su "Crónica del Asesino de Reyes", al igual que los Mael.El Synthar-Heidra fue por mi cuenta.
El momento del "¡Haz temblar a mis enemigos, Escarcin!", lo saqué del anime Bleach. Perdón.
Hay otro personaje que no he inventado yo... A ver si lo encontráis.










Táborlin el Grande

Táborlin el Grande estaba preocupado. Sabía que si lo atrapaban estaría en grandes problemas.

Corría por el denso bosque Trokkar, con su capa de ningún color rasgada y sucia. Su vela hacía tiempo que se había apagado, y su moneda estaba abollada. Sólo su espada estaba intacta, aunque algo desafilada.

Lo perseguía una de las criaturas mas viles de los Mael: un Synthar-Heidra. Estas criaturas de oscuridad, conocidos como Devoradores de Carne por los guerreros de antaño que habían peleado con ellos.

Este era uno especialmente poderoso. Tenía la forma de un gran cadáver en descomposición, llevaba una corona de fuego y sombras, y sus ojos transmitían malicia y odio. Cargaba con un gran hacha, sujetándola con una sola mano como si fuera un juguete. Con la otra lanzaba hechizos de fuego y muerte.

Táborlin llegó al borde de un gran acantilado, que se extendía casi indefinidamente hacia arriba. El Synthar-Heidra rugió detrás de él, sacudiendo árboles y haciendo temblar el suelo.

Se encontraron cara a cara. La cara de Táborlin solo reflejaba determinación, sin una pizca de temor o duda. Levantó su espada por encima de sus cabeza, al tiempo que decía:

-¡Haz temblar a mis enemigos, Escarcin!

Y todo ser viviente en dos kilómetros a la redonda escuchó un trueno, como de una avalancha después de un relámpago.

Un potente rayo de luz cegó al Mael. Se tapó los ojos, sorprendido, y cuando pudo abrirlos y ver lo que tenía delante, una espada le atravesó el estómago. Era Tábotlin, recubierto por una luz dorada. Su espada estaba electrizada.

Cuando el Mael se desvaneció en una nube de polvo, Táborlin dijo:

-Harath, en Bast... nuner thal.

domingo, 7 de septiembre de 2014

El hombre

Dos hombres armados caminaban hacia el templo. En aquel sagrario de redención y pacifismo, su presencia destacaba como la de un lobo en un gallinero. Sus pies, sucios, mancillaban el suelo que el delirio había hecho sagrado.

Al llegar a la puerta del templo, los hombres, al parecer borrachos, pegaron el grito:

-¡Monjes cobardes! ¡Salid de vuestro templito y pelead con nosotros!- Gritó uno.
-¡Si, que veamos si se merecen los impuestos que reciben y ese templo que tienen!- dijo el otro.

La gigantesca puerta del templo se abrió lentamente. Un hombre encapuchado salió al exterior. 

El hombre caminaba con ligereza, con la espalda recta, sin dar ninguna seña de temor o desdén. Caminaba expresando seguridad absoluta en si mismo, pero no menospreciaba a sus rivales.

A unos diez pasos de los borrachos, se detuvo. Se quedó allí de pie, con expresión desafiante, esperando que sus rivales atacaran primero.

De pronto, la presencia de aquel hombre pus serios a los bandidos. Sin burlarse ni reírse, desenvainaron sus armas; una lanza de punta larga y con filo, y una pequeña maza de una mano. 

El los bandidos parpadearon, preparándose para le refriega...
... y miraron fijamente al aire, puesto que el hombre encapuchado no estaba allí. Apareció detrás  de los bandidos, y los golpeó con tanta fuerza que quedaron inconscientes al instante.

El hombre miró hacia arriba, y una ligera brisa le quitó la capucha, revelando unos ojos negros y profundos, y un pelo lacio y negro que le llegaba a los hombros.

El hombre desapareció como una nube de humo, mientras un grito de ira resonaba en el silencio.

Se hizo la calma. Amanecía.

martes, 2 de septiembre de 2014

Un terremoto sacude el suelo. Un grito de ira resuena por las montañas y provoca una avalancha. Un trozo de piedra roja, resquebrajada, en la que todavía se puede leer Meä--, cae al lado de un hombre vestido de negro que medita sentado en el suelo.

El hombre ni se inmuta, y mira hacia el norte con unos ojos pacíficos y grises. Asiente para si, y se levanta. Lentamente, con calma, se pone sus botas y empieza a caminar, lejos, hacia el sur. Su pelo negro se agita con el intenso viento que sigue a otro grito de furia.

El hombre ni se inmuta y sigue caminando. Al llegar al profundo Barranco de Ébano, se detiene.

Se agacha y toca el suelo, y murmura unas palabras que el viento desmenuza. No ocurre nada. El hombre frunce el ceño, al parecer ligeramente molesto. Se encoje de hombros y se levanta.

 Una nueva ráfaga de viento, fuerte como un huracán, le hace tiras el hábito que lleva, dejándolo solo con unas calzas largas. En su pecho desnudo se pueden leer distintas runas: Haethr, Lessyna, Molderedl. Todas significan "indiferencia".

El hombre despliega unas alas negras, que parecen estar hechas de hielo y sombras. Las agita, y se convierte en un sombra, veloz como un rayo, y se dirige al norte, muy lejos, a encontrarse con un viejo conocido.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Una ligera brisa soplaba entre los solitarios árboles que había en medio de un desierto. Un pequeño lago, cada día más pequeño, alimentaba como podía la vida de los árboles que crecían a su alrededor. Y un hombre rubio vivía allí, en una cabaña, alejado de todo.

El hombre se llamaba Deward. Había vivido muchas aventuras, en compañía de un viejo amigo, pero un día, su amigo encontró una llave, roja y pesada. Y una idea loca se le metió en la cabeza. Con el paso de los años, fue haciéndose cada vez más poderoso, hasta conseguir un poder que ningún mortal había obtenido hasta aquel entonces. Obligado por su deber como amigo, había tratado de detenerlo, puesto que su idea habría puesto el mundo en un grave peligro. En la refriega, Deward perdió un brazo y una pierna, que luego reemplazó por unas mecánicas, pero logró matar a su amigo y poner el mundo a salvo. Pero el poder que su amigo había obtenido era demasiado terrible como para imaginarlo. Su ser ardía con un poder tal que, si bien se lo podía matar, no permanecería muerto mucho tiempo.

 El cielo se tiño de rojo, y un repentino temblor sacudió el suelo. Un grito de ira resonó en el desierto y se alejó, seguido de un viento fortísimo que rompió un par de árboles y se alejó hacia el horizonte.

Deward se puso en pie y miró al cielo con aire cansado. Se desperezó, y se concentró.

La camisa que llevaba estalló en llamas. Deward ni se inmutó. Entre las llamas se podían ver algunos tatuajes en su piel. Jaethar, Reshat, Iratel, Iosenes. Todas significaban "Alegría".

Deward extendió unas largas alas doradas, y echó a volar. De sus alas surgían destellos de luz que revitalizaban a las plantas y nutrían a los animales. Voló, muy lejos hacia el sur, a encontrarse con un antiguo conocido.

domingo, 31 de agosto de 2014

Ira

Es de día, un día caluroso y seco. Los pocos árboles que reposan a un lado del camino están secos por el intenso sol que los hostiga día a día. La tierra se está secando poco a poco, convirtiéndose en un desierto.

Un hombre, alto, pálido y de pelo negro que le llega a la cintura, va pasando por el camino. Lleva una llave bastante grande al cuello, una llave roja y pesada.

Al llegar al fin del camino, el hombre se detiene y mira al suelo. Da unas palmadas en la rugosa arena, y murmura unas palabras que el viento se lleva lejos.

Un temblor sacude la tierra. El cielo se tiñe de rojo, y los pocos animales que pasan por allí huyen aterrorizados. Y una gigantesca puerta, de una piedra volcánica granate, emerge del suelo con un estruendo.

La puerta tiene unos diez metros de alto. Tiene grietas por todas partes, pero a pesar de eso se pueden leer algunas runas inscritas en distintas partes de la roca: Tesin, Doza, Mëarastha y Terân. Todas significan "calma"
En la puerta hay un agujero de cerradura.

El hombre de pelo negro se arranca la llave del cuello de un tirón. La encaja en el agujero de la cerradura. Y le da una vuelta, da un paso atrás, y tira de la puerta un poco, para después dar otro paso atrás y desvanecerse, como si nunca hubiera existido.

Un grito de furia desgarra el tejido del mundo. La puerta explota y se parte en pedazos, que caen muy lejos, más allá de las montañas Kere.

De la puerta emerge, lentamente, un hombre pelirrojo. Sus ojos son dos llamas carmesí. Está desnudo hasta la cintura, y en su pecho desnudo pueden leerse algunas palabras: Andan, Rethan, Hyuzsar, Heuar, Khoerat, y Kármenar. Todas significan "Ira".

En su espalda está tatuado un ojo, rojo y con una pupila lobuna. Y, de los costados de este ojo, emergen unas alas del color de la sangre.

El hombre grita otra vez, con un grito desgarrador que rompe árboles y que genera un viento fortísimo, que empuja la arena y se aleja hasta desaparecer.

El hombre se agacha y golpea el suelo. Un temblor sacude la tierra. Y entonces el hombre se aleja volando, como un ángel, pero mientras vuela, de sus alas cae sangre.

Cuidado. La Ira anda suelta por el mundo.

jueves, 28 de agosto de 2014

El Manicomio

En medio de la ciudad dormida, hay un edificio alto y cuadrado, con sólo unas pocas ventanas, con paredes de piedra maciza, y con una puerta de hierro reforzado. Este edificio especial, es, según lo llaman, "el hotel de los desequilibrados". Es, por decirlo simple y llanamente, el Manicomio.

Dentro de este edificio, que está negro como boca del lobo, hay muchos visitantes permanentes; como el viejo Roz, que esta encaramado en el respaldo de su silla, como un pájaro, murmurando:
-Si, podría usar el cazapatos, pero reaccionaría explosivamente con el presionador y los husos de piedra. Aunque se podría usar piedras de luna como neutralizador. Pero no me quedan suficientes, ¿verdad? No, no me quedan suficientes... Tendré que pedirle al caragato que me traiga cuando vuelva...- Y así, siempre hablando de cosas aparentemente sin sentido, pero que para él parecen tener una gran importancia.
También está el ex-general Hosemort, que tiembla como un flan, encaramado en su cama, diciendo:
-Soldado Heintz, ¿qué estás haciendo? Te pedí el cañón listo para las seis... Y alférez, ¿donde está el mozuelo? Le dije que me trajera mi sable engrasado en diez minutos.  Y Rose, ¿quieres hacer el favor de ¡DEJAR DONDE ESTABA EL MALDITO MAPA!?

Uy, y quien más simpático que el vizconde Tamar, siempre hablando muy alto:
-Ay qué gracioso, jijijiji, ese pez rosa que nada, si, mira ahí, al lado de la ventana, jijiji, mira como se mueve, jajajaja. Y ese elefante rojo...- como siempre, alucinando, riéndose y comportándose como si estuviera acompañado, como en sus buenos días en la corte.

Luego, hay otros como el sombrío Haz, siempre murmurando:
-Si, vendrán, y vendrán por ti, y por mi, y una capa de oscuridad cubrirá la Tierra. Pero no moriremos, oh no, sino que iremos a un lugar de sufrimiento, ya lo verás...- Y así, siempre tan deprimente.

Uno de los más conocidos es el orador Atom, siempre:
-ElvizcondedeTrabonhallegadoacompañadodesudistinguidaesposalaseñoraMaríadelCármenJimenez...-Y así.

Pero hay un visitante muy especial, que está sentado al lado de la ventana, mirando por ella, quieto sin decir nada. La luna ilumina su cara y muestra su tez pálida, y su pelo negro y lacio, que le llega a los hombros, y su cuerpo esbelto y flaco. La luna también ilumina sus ojos.

Unos ojos negros, profundos, y totalmente cuerdos.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Tam

Era una fresca mañana de otoño; las hojas, amarillas, rojas y naranjas, caían con un susurro imperceptible, creando a su vez un inigualable espectáculo de colores en el suelo. La brisa, implacable, meneaba los arboles de un lado a otro, haciendo así que la lluvia de hojas resultara interminable, así como su espectáculo y, desde las sombras del ala del techo de una casa, un hombre observaba todo esto atentamente.
El hombre tendría unos veinte años. Su pelo era del color de la tierra donde había nacido; un interminable campo de amarillo, salpicado de manchas castañas. Sus ojos reflejaban la luz como un espejo y, con el espectáculo de hojas, sus ojos parecían un caleidoscopio; un espectáculo de luces equiparable a la ‘lluvia de hojas’ que había afuera. Llevaba ropa humilde, pero bien hecha. De pronto, una voz hendió el aire:
-Tam, ¡¿dónde diablos estas?! ¡Hay trabajo que hacer!
El hombre sonrió y se acercó al hombre que había gritado. Era un hombre de  unos cuarenta años, con el pelo canoso y barba rala.
-Ahí estas, Tam, maldita sea. Esos barriles de vino no van a sacar patas y meterse caminando en la despensa así que, ¡andando!
- Ya voy, ya voy- dijo el tal Tam. Se acercó a la puerta de la posada y agarró uno de los barriles, lo tumbó y lo hico rodar para llevarlo a la despensa. Cuando llegó a la escalera,  lo levantó, bajó y lo puso en los soportes. Repitió la operación hasta que no quedó ningún barril fuera de la despensa. Cuando terminó, fue a la barra y comenzó sus tareas diarias; limpió la barra, ordenó las botellas de licor, colocó las mesas y las sillas en orden y lavó los platos y los vasos sucios del día anterior. Cuando terminó, ya era la hora de la comida, así que puso la carne al fuego, fue al pozo a por agua y lavó y cortó unas verduras. De pronto, el tintineo de la campanilla de la puerta alertó de visitantes; tres hombres entraron, se sentaron y pidieron la comida con un ‘lo de siempre’. Como Tam había previsto esto, fue a la cocina y volvió con tres platos de estofado apoyados en los brazos. Los sirvió, sirvió la bebida y los hombres empezaron a discutir algo que ya parecían llevar discutiendo un buen rato:
-No seas tonto, Hans, es obvio que no era un demonio
-¡Te digo que lo era! Ese mago idiota lo invocó, el demonio saltó y le pegó un mordisco en el cuello al otro
-Piensa, Hans, que si fuera un demonio, habría empezado a perseguir a ese mago mucho antes- respondió el otro
- Yo creo que Mel tiene razón; es obvio que no era un demonio-intervino un tercero- Ya sabes como de supersticiosa es tu gente
-¡Tú no te metas, Mat! He dicho que era un demonio y un demonio era. Si no me crees, pídele el final de la historia a otro- dijo Hans con el rostro enrojecido- ¡Y no te metas con mi gente!
De pronto la puerta se abrió. Un cuarto hombre entró a la posada y lanzó un grito de ‘lo que haya para mí’. Se sentó, con su plato de estofado delante, y dijo:
-A ver, de que estáis discutiendo tanto
-De que yo les estoy contando una historia, y estos dos imbéciles se empeñan en contradecirme-dijo Hans
-Pues entonces cuéntame esa historia y yo haré de mediador neutral-dijo el recién llegado
-Está bien-refunfuñó Hans- Bien, esta es una historia que no se sabe si pasó o no, solo se sabe que lleva pasando de generación en generación entre nuestra gente, el Pueblo de las Montañas.
Un día, un joven mago había ido a comprar materiales para su Academia en el mercado de la ciudad de Mirt, cuando notó que alguien le amenazaba con un cuchillo en la espalda. Se dio la vuelta muy lentamente, para no asustar al ladrón, cuando le vio la cara. Estaba pálida, y las venas se le marcaban como líneas púrpura bajo la piel. Pero lo más inquietante de todo eran sus ojos, tan negros que parecían tener sólo pupilas. Ya lo sabéis, eso significa que consumía una droga llamada Mennt, y no solo eso, su cara decía también que llevaba varios días sin probarla, por lo cual habría sido capaz de rebanarle el cuello a su esposa por unas monedas. Pues bien, el mago se dio cuenta de esto, y pronunciando tres antiguas palabras de poder, invocó un demonio que salt…

Todos se sobresaltaron cuando una súbita carcajada inundó la estancia, hasta el último rincón de la sala. Tam estaba apoyado en la puerta. Había escuchado la historia con curiosidad, pero aquella última parte le había parecido de lo más graciosa.
-¿Qué se supone que es tan gracioso?- preguntó Hans, con una furia contenida en la voz.
-Pareces tonto, chico. Los demonios no existen- respondió Tam.
Sumamente furioso, Hans golpeó en la mesa, volcando su jarra de cerveza, apartó su silla, lanzó unas monedas sobre la barra y se fue. Los otros lo siguieron poco después, cuando hubieron terminado y pagado sus consumiciones.
Y la cara de Tam delataba su mentira.
*
Esa noche, todo parecía normal. El posadero se fue a acostar y dejó a Tam a cargo, como solía hacer. Tam preparó todo para el día siguiente, como solía hacer. Dejó el cubo del pozo abajo para solo tener que subirlo para sacar agua, como solía hacer. Rellenó los barriles de cerveza de detrás de la barra, como solía hacer. Dejó unos vasos sucios en el fregadero, como solía hacer. Cerró las ventanas, como solía hacer. Pulió un poco la espada que estaba detrás de la barra, como solía hacer. Apagó la linterna de fuera de la posada, como solía hacer. Regó un poco el huerto, como solía hacer. Sin embargo, la noche no era como solía ser. Fuera de la posada, lejos de la mirada de Tam, la oscuridad se cernía alrededor como neblina, intangible e inquietante.


Más lejos aún, lejos del alcance de la agradable luz rojiza del pueblo, unas figuras se mueven en la oscuridad. Unas figuras que emanan oscuridad como el calor corporal. Son cuatro. Todas llevan armas: largas espadas negras, afiladas como el demonio e igual de inquietantes; largos arcos de cuerno y unas flechas con punta de un metal negro y afilado como el de las espadas. Sus ojos, vidriosos y negros como la pez, miran sin ver. De pronto, todas se detienen al unísono, como los engranajes de una máquina que se atasca. Se miran a los ojos, o dan la impresión de hacerlo. Todas las figuras, con un solo movimiento lento y antinatural, empiezan a girar sobre sí mismas. Un torbellino negro se cierne alrededor de ellas, girando a toda velocidad. Un instante después, no hay nada. Solo la creciente oscuridad, los frondosos árboles y una ráfaga de aire frío como el aliento de un muerto.



Caminando por el bosque, un hombre encapuchado y abrigado de pies a cabeza vio algo que no auguraba nada bueno: una fina capa de escarcha cubría toda la tierra bajo sus pies, crujiendo y partiéndose cuando pisaba.
Siguió caminando, sin darle mucha importancia. Entonces se percató de algo; una huella en el camino. El hombre vio que  eran las huellas de dos pies. Eso no tenía lógica, ya que no había huellas que pasaran por esas marcas, sino que las pisadas se detenían y, simplemente desaparecían.  Preocupado, el hombre se acercó a la huella. Vio que eran cuatro pares de marcas, todas parecidas a la que estaba viendo. Pero vio algo más. Algo que lo asustó hasta casi el punto del pánico; había una extraña marca negra alrededor de las huellas. Asustado, el hombre se acercó. Hincó el dedo en la tierra y se lo metió a la boca. Escupió rápidamente. Entonces vio algo que lo hizo palidecer: un pájaro de un árbol cercano estaba quieto. No la típica inmovilidad temblorosa de quien quiere esconderse, sino una inmovilidad total. El pájaro parecía de piedra. Se acercó y tocó al pájaro. Entonces salió corriendo despavorido. El pájaro estaba helado, más frio que el hielo.
Tenía que avisar a Tam.

Los Fantasmas del Invierno habían estado allí la noche pasada.